
En Onda, Castellón, rodeada de polígonos industriales y grandes explotaciones, resiste una pequeña finca de cítricos que se niega a seguir la lógica del rendimiento a cualquier precio. Hace doce años, tras la muerte de su madre, Pilar y su hermano heredaron la tierra familiar. Él es bombero, ella diseñadora de interiores especializada en bioconstrucción. Ninguno vive del campo, pero ambos decidieron continuar. Eso sí, con una condición: transformar la plantación convencional en cultivo ecológico.
"Para nosotros lo que estamos haciendo ahí es más bien eso, una custodia de un territorio familiar", explica Pilar con una claridad que desarma cualquier romanticismo vacío sobre el campo. No se trata de un negocio, sino de una extensión de sus principios de vida. "No puedo plantearme una explotación agrícola si no es agroecológica", afirma con la coherencia de quien aplica los mismos criterios en su despacho de arquitectura que en los naranjos que heredó de sus abuelos.
La finca, que originalmente solo tenía clemenules, ha ampliado variedades: ahora también cultivan naranjas y limones. Pero más allá de los cítricos, Pilar ha trabajado en crear reservorios para fauna beneficiosa, aumentar las plantas espontáneas y enriquecer la biodiversidad. Una isla ecológica entre fincas abandonadas y cultivos convencionales.
Pilar no llegó al campo con ilusiones ingenuas. Sus abuelos vivieron de la tierra, conoce la dureza desde niña. Pero gestionarla directamente le abrió otros ojos. "He sido más consciente frente a otras personas que están trabajando la tierra de lo complicado que es", reconoce. Aunque se ha formado en agroecología y ha contratado ingenieros agrónomos, gestionar el cultivo de manera eficiente le resulta muy difícil. Hay principios básicos, pero el día a día es otra historia.
Y después está la comercialización. "Cada año es una pesadilla el saber cómo vas a vender la naranja, a cuánto la vas a vender y si alguien te la va a comprar. Es que vivir así es un no dos", confiesa sin filtros. No es que no sepas cuánto ganarás; es que ni siquiera sabes si alguien comprará tu cosecha. Este año, por primera vez, han tenido que hacer aportaciones económicas para mantener la finca. El cansancio acumulado les tiene pensando en transformar el cultivo hacia algo menos intensivo o buscar a alguien que lo lleve.
Porque mantener cítricos requiere un trabajo enorme que, con actividades profesionales paralelas, se vuelve insostenible. No se trata de rendirse, sino de ser realistas: la tierra no necesita que la salven, pero sí necesita manos que la cuiden sin agotarse en el intento.
Lo que más le duele a Pilar es ver cómo desaparecen las explotaciones pequeñas de su entorno. Personas mayores sin relevo generacional, tierras que se unifican en manos de fondos de inversión o grandes empresas comerciales. "Una familia, o una explotación pequeña, la gente trata la tierra de una manera distinta. El vínculo que te genera no es el que tiene una comercial o un fondo de inversión, que lo que busca es simplemente rendimiento".
Ella no busca rentabilidad por encima de todo. Busca que la finca se mantenga, que el territorio mejore, que los cuidados sean otros. Una explotación pequeña mira la tierra de otra forma, con otro tiempo, con otra urgencia. No se trata solo de extraer alimentos, sino de custodiar un espacio que tiene historia, que alimentó a generaciones, que puede seguir siendo refugio aunque el mundo alrededor se acelere sin piedad.
Si hay algo de lo que Pilar se siente orgullosa es de la transformación visible de su pequeño territorio. "Para mí el logro ha sido cómo se ha transformado ese pequeño territorio que tenemos a raíz de convertirlo en una finca agroecológica. Es como que se ha hecho una isla dentro de las explotaciones no ecológicas de alrededor". Una isla donde la biodiversidad respira distinto, donde los ciclos naturales recuperan su espacio.
Y esa imagen de las islas le sirve para pensar en grande sin perder los pies de la tierra: "Cómo con pequeñas acciones podemos hacer islas que se conviertan en un planeta que transforme todo el daño que hay a nivel ambiente".
No se trata de salvar el mundo desde una finca de naranjos en Onda. Se trata de cuidar un pequeño espacio con coherencia, de crear un refugio, de demostrar que otra forma de trabajar la tierra es posible aunque no sea fácil, aunque canse, aunque algunos años haya que poner dinero del bolsillo.
Ser mujer rural, para Pilar, significa ser consciente del territorio que habitas y de dónde viene lo que comes. Significa custodiar, no explotar. Significa plantar islas aunque el mar alrededor siga agitado.


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